Todos tenemos derecho a ser felices pero la felicidad no consiste
en estar alegre, ni en satisfacer todos nuestros deseos, ni tampoco en “estar
enamorado”. De hecho, me gustaría añadir a este último dato tal y como nos apuntó
nuestro profesor Aguado: “Enamorarse es una experiencia, amar una actividad.”
Pero entonces ¿dónde puede encontrar uno la felicidad? La
felicidad es el resultado del día a día teniendo en cuenta tanto los momentos
difíciles como los buenos. Y el camino para encontrar la felicidad es la
familia.
La familia es decisiva para la biografía y es en ella donde surge
lo específicamente humano de las personas: la dimensión personal y también la
espiritual.
La familia tradicional ha sufrido cambios en los últimos años y
con la nueva percepción de la sociedad, se ha perdido en parte la esencia de lo
comunitario y lo humano, transformándose en individualista.
La familia tradicional y numerosa tienen un papel imprescindible
en la sociedad ya que rechazan la comodidad y el egoísmo por el cuidado, el
amor y la formación de más personas.
Aunque el camino para ser feliz es la familia, no quiere decir que
no existan dificultades pero si la familia es numerosa, por pura estadística
existen más posibilidades para buscar soluciones y más miembros que pueden
ayudarse los unos a los otros. Y esa es la función y la clave de la familia:
cada miembro ayuda a crecer: los hermanos más pequeños van aprendiendo de los
más mayores (a comer, vestirse, estudiar… se van formando) y los mayores
protegen a los más pequeños y así, la vida pasando.
“La felicidad es siempre el fruto del darse a los demás, del vivir
la vida del que nos rodea con más interés que la vida propia” y eso, donde se
consigue si no es en familia, una escuela de humanidad para todos.
La familia requiere de organización y es necesario ser previsores
en muchos aspectos: horarios, comidas, “evitar caprichos”, puntualidad, orden…
Todos estos factores ayudan a la convivencia y a la armonía en el hogar. La
familia necesita ser cuidada por todos los miembros y para aprender a hacerlo
se deben asentar unas bases claras, de esta manera, la familia siempre estará
ahí porque es permanente, incondicional, siempre se puede volver a casa.
Debemos valorar a la familia permaneciendo unidos y superando
adversidades juntos, comprometiéndonos con ellos a ser mejores personas y por
tanto, aprendiendo también a ser más felices.
Esa felicidad la encontraremos en los pequeños momentos del día a día, como un regalo. Debemos dejar
de esperar determinados estados de ánimo que son pasajeros y nos hacen
confundirnos con el verdadero significado de la felicidad.
La felicidad se debe valorar al final del camino, al terminar una
vida y es en ese momento cuando uno piensa en las grandes situaciones de su
vida: en la familia lo primero, en su trabajo, en sus amigos, en su día a día.
Y se quedan atrás los momentos que te hicieron sentir una alegría inmensa pero
se desvanecieron en cuestión de días.
Por último, debemos poner a nuestro alcance todos los medios o
recursos posibles para ayudar a conseguir la felicidad de los demás. Es de esta
manera, olvidando el egoísmo de querer alcanzar siempre nuestra propia
satisfacción, como podremos ser felices, dándonos a los demás. La felicidad es un regalo que debemos ofrecer
a los demás y que sólo lo disfrutan aquellos que ponen el centro de su vida
fuera de sí.

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