Nací en Pamplona un 5 de Julio de
1991 prácticamente con el pañuelico rojo atado al cuello. Desde ese mismo día
para mí fue un privilegio ser hija de mis padres. El amor incondicional y
comprensión de mi madre junto al esfuerzo, cariño y apoyo de mi padre me
enseñaron a tener fe en mí misma y en Dios.
Mi infancia fue muy feliz, mis
padres, mi hermana y yo siempre hemos sido una piña, un equipo con metas en
común en donde cada uno sabía qué era importante para el resto del equipo. Nos
apoyábamos aportando cada uno lo mejor de sí:
-Mamá como pilar fundamental de
la familia organizándolo todo, con sus buenos consejos y decisiones oportunas.
-Mi querida hermana el terremoto
de la casa siempre resolviendo con mucho nervio y talante cualquier situación.
Yo en cambio más parecida a mi padre, calmada y paciente. Solían decirnos que “transmitíamos
paz.”
-Papá prudente y discreto una
persona con la que compartir momentos de silencio resolviendo crucigramas o
escuchando “Los sabandeños” sin necesitar dar explicaciones sobre nada más.
Mis abuelos han vivido siempre
justo debajo de mi casa y eso les ha convertido en mis segundos padres, lo
hemos compartido con ellos todo.
Recuerdo
que de pequeña no me entusiasmaba ir al colegio, así como a otros compañeros no
les suponía un esfuerzo, yo cuando llegaba el domingo por la tarde sentía
tristeza por volver a la rutina. Desde 1º de Infantil hasta terminar la ESO fui
al Ursulinas supongo que además de estar
cerca de mi casa, mis padres pensaron que era una buena elección. Cuando mi hermana, 4 años mayor que yo
terminó el colegio, pensé que era un buen momento para “cambiar de ambiente” y
pedí a mis padres hacer bachiller en otro centro. Aunque la idea en un
principio no les convenció demasiado, confiaron en mí y me cambié a
Carmelitas-Vedruna. Recuerdo esta elección como una de las mejores decisiones
de mi vida y conocí a esos amigos que la gente suele llamar “los amigos de toda
la vida, los amigos de la infancia.”
En las navidades de mis 18 mi
padre se fue. Tuve que preguntar por qué en muchas ocasiones hasta que el
doctor Centeno supo darme la respuesta: “Tu padre era una persona buena, una de
esas personas extraordinarias que Dios necesita a su lado.” Fue una época muy
complicada que sin duda ha marcado mi biografía.
Siempre tuve claro que quería ser
maestra. Recuerdo que mis compañeros en los primeros años de colegio, solían
cambiar a menudo de opinión, si un día alguien quería ser bombero, a la semana
siguiente quería ser astronauta. A mi
siempre me entusiasmó la idea de enseñar y me compadecía de las personas que
hasta el último momento no sabían qué hacer con su carrera profesional.
Al llegar a la universidad me
dejé aconsejar y pensé que ser maestra se complementaba muy bien con ser
pedagoga. ¡Bendito día! 5 años más tarde, sueño con poder trabajar en un
colegio de educación especial.
La universidad han sido años muy significativos en los que
he tenido la oportunidad de vivir experiencias inolvidables como un viaje a
Marruecos con las Misioneras de la Caridad, también he conocido a mucha gente
buena, entusiasmada con sus estudios, con ilusiones, personas luchadoras...
Pero de una manera muy especial 4 de esas personas me han ayudado a crecer, a
ser mejor, a ver la vida desde otros puntos de vista y me han enseñado que el
tiempo es relativo, que si de verdad lo deseas, lo logras.
Por fin en 5º a un solo paso de
terminar la universidad y aunque reconozco que por un lado produce vértigo
mirar hacia delante, por otro me entusiasma pensar en las nuevas etapas.



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